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La violencia y sus raíces. No pretendemos dar una explicación filosófica o religiosa de la violencia, ni entrar aquí en teorías psicológicas sobre la violencia. Creemos que la violencia tiene raíces profundas en la manera de criar a niñas y niños.

No compartimos la idea que exista una predisposición a la violencia inscrita en la naturaleza humana, una especie de fuerza ciega y primitiva, como un animal salvaje que algunos logran contener y otros no. Sabemos, por supuesto, que en toda persona existe la capacidad de tener comportamientos agresivos o violentos.

Más que surgir de una fuerza inscrita en los genes o de una oscura pulsión de muerte, observamos que la violencia generalmente es reacción a situaciones de agresión, frustración, carencia.

Es respuesta a todo tipo de malos tratos: explotación, marginación, desvaloración, postergación, humillación, abuso…

No hablamos solamente de violencia, sino de comportamientos destructivos que incluyen la destrucción del otro o de uno mismo (autodestrucción).

La violencia física es una forma de comportamiento destructivo; otros pueden ser el autoritarismo, las burlas, el desprecio, las críticas destructivas, las amenazas, gritos y todo tipo de maltrato o acoso psicológico, moral o sexual. Nos referimos también a los comportamientos autodestructivos tales que el alcoholismo, la drogadicción, el suicidio y otras formas de auto castigo que generalmente expresan identificación con un supuesto agresor. Algunas reflexiones sobre la situación de violencia en el Perú El aumento de la violencia familiar, de los conflictos sociales violentos, de comportamientos destructivos y antidemocráticos, genera inseguridad y desconfianza y dificulta el desarrollo del país. Se multiplican los casos de ajusticiamientos populares, por encima de las leyes. La niñez y la juventud son particularmente expuestas y vulnerables a los efectos de la violencia. Crecen las situaciones de violencia juvenil, el pandillaje, el uso de alcohol y de drogas, el embarazo precoz de adolescentes.

La violencia política, que ha sacudido el país durante 20 años, ha dejado huellas profundas en las mentalidades y comportamientos.

Ha crecido la aceptación de soluciones extremas y violentas frente a los problemas cotidianos, como lo manifiesta con cierta frecuencia el vandalismo y la radicalización de acciones que acompañan los reclamos populares.

Es evidente la dificultad a concertar, a respetar las reglas de convivencia democrática y la tendencia a la confrontación. A pesar de muchos avances, gran parte de la población tiene poca experiencia de convivencia democrática. Con frecuencia los esquemas autoritarios siguen vigentes en la familia, en la escuela y en otras instancias sociales. En tal contexto, se aprende más a ser sumiso o rebelde que a participar, a imponer que a concertar, a ser pasivo que a asumir responsabilidades y actuar de manera constructiva en la sociedad. Muchos analistas de la realidad peruana, hablan de un país fraccionado económicamente, socialmente y culturalmente.

Todos coinciden que esta situación de fraccionamiento y exclusión es generadora de insatisfacción, caos, violencia social y tiene por consecuencia más inseguridad y un riesgo país elevado.

Reducir la violencia y prevenir los conflictos es un reto grande para el Perú, en su proceso de democratización y desarrollo humano sostenible.

Pobreza, educación deficiente, falta de oportunidades, marginación y exclusión social, son parte de las causas de la violencia, que el estado y otras instituciones enfrentan mediante sus políticas y programas. Esta intervención es fundamental. Sin embargo, es necesario comprender que la violencia tiene también causas de tipo cultural y sico-social, muy enraizadas, que poco se toma en cuenta, pero que tienen un peso importante en los comportamientos de la población.

Desde hace muchos años los integrantes de la asociación Allin Kawsay nos dedicamos a la investigación de las raíces culturales y sico-sociales de la violencia en Los Andes.

Una de nuestras conclusiones es que existen patrones de crianza y climas educativos que, favorecen la violencia y otros que la previenen.

Raíces de la Violencia

La violencia y sus raíces. No pretendemos dar una explicación filosófica o religiosa de la violencia, ni entrar aquí en teorías psicológicas sobre la violencia. Creemos que la violencia tiene raíces profundas en la manera de criar a niñas y niños.

No compartimos la idea que exista una predisposición a la violencia inscrita en la naturaleza humana, una especie de fuerza ciega y primitiva, como un animal salvaje que algunos logran contener y otros no. Sabemos, por supuesto, que en toda persona existe la capacidad de tener comportamientos agresivos o violentos.

Más que surgir de una fuerza inscrita en los genes o de una oscura pulsión de muerte, observamos que la violencia generalmente es reacción a situaciones de agresión, frustración, carencia.

Es respuesta a todo tipo de malos tratos: explotación, marginación, desvaloración, postergación, humillación, abuso…

No hablamos solamente de violencia, sino de comportamientos destructivos que incluyen la destrucción del otro o de uno mismo (autodestrucción).

La violencia física es una forma de comportamiento destructivo; otros pueden ser el autoritarismo, las burlas, el desprecio, las críticas destructivas, las amenazas, gritos y todo tipo de maltrato o acoso psicológico, moral o sexual. Nos referimos también a los comportamientos autodestructivos tales que el alcoholismo, la drogadicción, el suicidio y otras formas de auto castigo que generalmente expresan identificación con un supuesto agresor. Algunas reflexiones sobre la situación de violencia en el Perú El aumento de la violencia familiar, de los conflictos sociales violentos, de comportamientos destructivos y antidemocráticos, genera inseguridad y desconfianza y dificulta el desarrollo del país. Se multiplican los casos de ajusticiamientos populares, por encima de las leyes. La niñez y la juventud son particularmente expuestas y vulnerables a los efectos de la violencia. Crecen las situaciones de violencia juvenil, el pandillaje, el uso de alcohol y de drogas, el embarazo precoz de adolescentes.

La violencia política, que ha sacudido el país durante 20 años, ha dejado huellas profundas en las mentalidades y comportamientos.

Ha crecido la aceptación de soluciones extremas y violentas frente a los problemas cotidianos, como lo manifiesta con cierta frecuencia el vandalismo y la radicalización de acciones que acompañan los reclamos populares.

Es evidente la dificultad a concertar, a respetar las reglas de convivencia democrática y la tendencia a la confrontación. A pesar de muchos avances, gran parte de la población tiene poca experiencia de convivencia democrática. Con frecuencia los esquemas autoritarios siguen vigentes en la familia, en la escuela y en otras instancias sociales. En tal contexto, se aprende más a ser sumiso o rebelde que a participar, a imponer que a concertar, a ser pasivo que a asumir responsabilidades y actuar de manera constructiva en la sociedad. Muchos analistas de la realidad peruana, hablan de un país fraccionado económicamente, socialmente y culturalmente.

Todos coinciden que esta situación de fraccionamiento y exclusión es generadora de insatisfacción, caos, violencia social y tiene por consecuencia más inseguridad y un riesgo país elevado.

Reducir la violencia y prevenir los conflictos es un reto grande para el Perú, en su proceso de democratización y desarrollo humano sostenible.

Pobreza, educación deficiente, falta de oportunidades, marginación y exclusión social, son parte de las causas de la violencia, que el estado y otras instituciones enfrentan mediante sus políticas y programas. Esta intervención es fundamental. Sin embargo, es necesario comprender que la violencia tiene también causas de tipo cultural y sico-social, muy enraizadas, que poco se toma en cuenta, pero que tienen un peso importante en los comportamientos de la población.

Desde hace muchos años los integrantes de la asociación Allin Kawsay nos dedicamos a la investigación de las raíces culturales y sico-sociales de la violencia en Los Andes.

Una de nuestras conclusiones es que existen patrones de crianza y climas educativos que, favorecen la violencia y otros que la previenen.

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